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Donde las dan las toman

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Donde las dan las toman

Carla perezosamente se fue despertando en aquel hotel mugriento. Los primeros rayos de sol se colaban entre las rendijas de la ventana de la habitación. El día empezaba a dar sus primeras señales de vida. Sin ninguna gana, se levantó de la cama, miró a través de los cristales y observó los árboles que parecían querer jugar con el viento. Desvió un momento la mirada de su objetivo, ya que apenas unos metros más atrás, algo le había llamado la atención, cerró y abrió los ojos, para cerciorarse de que su imaginación no le estaba jugando una mala pasada. Pero allí no había nadie.

Demasiado dolor y demasiada desconfianza se acumulaba durante tanto tiempo en su corazón. El tiempo pasaba sin piedad clavándose en su corazón como cuchillos afilados.

—¡Ya está bien! —gritó Carla —,¡no me encuentro bien!

Entonces comenzó a llorar porque se había dado cuenta de que había sido engañada por su mejor amiga. Esta la había convencido de que su marido la engañaba. Le había dicho que fuera a ese hotel donde podría comprobar la infidelidad de su conjugue.

Sus miedos, sus muchas dudas, su incertidumbre, era lo que le estaba destrozando. Quería hacer retroceder el tiempo y que algún milagro sucediera, pero sabía que aquello que quería no era posible y la desconfianza, junto a su baja autoestima, produjo el declive de su matrimonio.

—¿He sido una mala esposa por ello? ¿Por amarlo hasta la saciedad? —seguía Carla martirizándose y sin encontrar solución.

No había ocurrido nada durante la noche, su esposo no había aparecido con ninguna mujer en ese sitio y, por un momento se avergonzó de haber dudado de él. Miró una vez más las agujas del reloj que parecían no tener prisa por avanzar. En su teléfono móvil, no había ninguna llamada perdida, ni ningún mensaje que le indicara que alguien estuviera preocupado por su ausencia. No había nada. Solo el silencio se adueñaba de la habitación.

—¿Por qué no hizo caso a su madre y se quedó en casa? ¿Por qué no le impidió hacer esa absurda excursión su mejor amiga? —se preguntaba continuamente —, estaba cada vez más convencida de que una vez más actuaba en contra de su voluntad ,que se había vuelto a dejar manipular.

La influencia ilimitada de su mal llamada mejor amiga, le hacía ir cediendo poco a poco, pensando que tal vez podría estar equivocada y, que su amiga tal vez tuviera razón. Pero ¿dónde se encontraba ella, ahora que tanto la necesitaba?

De pronto el sonido de una llamada en su móvil le hizo volver a la realidad, haciéndole estremecer de miedo, de dolor, de incertidumbre, de nerviosismo, de incapacidad, de discrepancia, de sinrazón… Su respiración se agitó y, nerviosa contestó.

—Buenos días dígame— contestó Carla.

—Buenos días señora, es usted Carla Yuste —preguntaron al otro lado del teléfono—, le llamo desde el mando de la guardia civil, —lamento tener que informarle que su marido en compañía de una mujer llamada Teresa González ha perdido la vida en un accidente de coche.

Las palabras del jefe de la guardia civil se confundían en su cabeza. Escuchó algo de un camión, de un vuelco y, de una dura colisión. Un grito contenido de dolor y de desengaño, salió sin poder controlarlo de su boca. Intentó tomar aire para tranquilizarse. Entonces era verdad de que su marido le estaba engañando. Le era infiel con su mejor amiga. Las gotas de un sudor frío resbalaban sobre su frente.

—Le informo que tiene que acercarse alguien a la morgue para hacerse cargo del reconocimiento del cuerpo de su esposo —informó el guardia civil.

—Póngase en contacto con los padres de mi esposo, que seguro que ellos reconocerán el cuerpo de su hijo —contestó Carla.

—Comprendemos su dolor y entendemos su postura —dijo el guardia civil —así lo haremos.

Así fue como concluyó aquella llamada. Un poco confundida Carla, se acercó a la ventana de la habitación, subió la persiana, abriendo de par en par la ventana para poder respirar ese aire renovado que le invitaba a afrontar el fascinante primer día de una nueva y diferente vida.

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